¿Alguien se ha preguntado alguna vez por qué nunca nadie hace ni una objeción sobre la obra de Dalí ni la cuestiona? Pues yo lo voy a responder a costa de granjearme el apelativo de hereje: porque estamos condicionados desde hace décadas por la imagen mediática que su mujer, Gala, y el márketing estadounidense se encargaron de difundir. Y unos replicarán, ¿qué más da, si lo que importa es su obra? ¡Ah, con la Iglesia hemos topado! El problema es que la obra de Dalí ha quedado en segundo plano justamente por culpa de esa imagen mediática, a tal punto de que, tanto él como su trabajo, llegan a fundirse tanto que es imposible distinguir uno de otro.
En otras palabras, Dalí, más bien el personaje, es su arte o viceversa, el arte de Dalí, es Dalí mismo. De ahí se desprende, muy a pesar de muchos, que la obra de Dalí carece del valor artístico que se le ha estado atribuyendo durante tanto tiempo. Si observamos detenidamente, nos daremos cuenta de que Dalí es un pintor renacentista disfrazado de surrealista, y me estoy refiriendo a sus cuadros más conocidos, que son los que lo hicieron famoso y lo consagraron como artista. Lo cierto es que técnicamente es impecable, no se discute, aunque su técnica y efectismo ensombrece lo poco de artístico que tiene.


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