Mar 16 2006
Entonces, ¿cómo se lee una obra de arte?
Es evidente que, por más exhaustivamente que conozcamos la teoría, no llegaremos a formarnos una sensibilidad completa como para acercarnos al artista y a su obra ya que, para ello, se requiere haber educado “el ojo” a lo largo de muchos años e, incluso, una vida. Aún así, el entendimiento intelectual es un complemento imprescindible cuando vamos a ver una exposición.
En relación con esta cuestión, me viene siempre en mente una anécdota. Estábamos dos amigas y yo viendo una exposición de De Kooning en una galería céntrica de Madrid. Mientras intentaba introducirlas en su obra, notábamos que un curioso visitante trataba de escuchar, al parecer, con un cierto interés, lo que yo estaba explicando tomando como ejemplo una de las obras expuestas. Al concluir, el hombre me dijo: -yo entiendo lo que usted dice pero, _señalando una mancha en el cuadro_ yo aquí, sólo veo un botijo.
Esto nos da la pauta también, de que no por muchas galerías o museos que visitemos, no nos volveremos más cultos o sensibles. El problema estriba en que este espectador estaba condicionado por una imagen que se había formado acerca de la pintura muy opuesta a la que allí se le presentaba. Es decir que asociaba una obra de nivel al aspecto puramente representativo de esta, debido en parte, a que estaba acostumbrado probablemente a ver paisajes, naturalezas muertas, retratos, etcétera. Quizás, a esto haya contribuido el hecho de que el espectador suele atribuir una función meramente práctica al oficio de pintar; que es la de reproducir lo que el artista está viendo, en otras palabras, copiar lo que tiene delante.
Otra actitud frecuente del espectador ante la obra es guiarse por parámetros subjetivos, ya que, a menudo oigo comentarios de personas que admiten que no entienden mucho de pintura pero que creen que una obra es buena porque les gusta o porque el autor goza de un cierto renombre. Evidentemente se trata de otro tipo de condicionamiento, puesto que esta valoración subjetiva no es más que una opinión personal nacida de la inclinación hacia lo que nos agrada o de lo que los medios de comunicación nos hicieron creer (de esto hablaremos más adelante).
Esta cuestión, suscita un interrogante importante: ¿Cómo podría el espectador liberarse de este condicionamiento que le impide “leer” adecuadamente una obra? A lo que podemos responder: entendiendo el sentido más que la “función” de la pintura.
